Edipo y la peste en Tebas: salvar al pueblo como destino

El Edipo Rey de Sófocles se inicia con una referencia a la peste: el pueblo está reunido y le pide a su rey, Edipo, que busque una solución. Edipo es una autoridad que escucha a ese pueblo, y por eso envió a Creonte a consultar el oráculo. Está preocupado y triste, se siente uno con su pueblo. De hecho, como se ve poco después, le interesa más prestar atención a los sacerdotes que hablan por el pueblo que a Tiresias, un sacerdote importante y prestigioso que llega de parte de Apolo, y al que acusa de complot. Al regresar, Creonte le pregunta a Edipo si quiere conocer lo que dice el oráculo allí donde están, frente al pueblo, o si prefiere que se lo comunique en privado. De nuevo, como un buen rey, Edipo elige que el pueblo sepa. Evidentemente, no cree tener nada que ocultar. Creonte le comunica entonces que el oráculo pide encontrar al asesino de Layo.

En esta escena inicial en la que queda planteado todo lo que a Edipo le sucederá después, pesa la distinción entre lo que, para nosotros, es lo público y lo privado. Tal vez si Edipo hubiera recibido las noticias de Creonte en privado hubieran podido ocultar esa situación, decir otra cosa al pueblo. El avance en la investigación resulta necesario una vez que el compromiso es público. Incluso cuando Yocasta le sugiere dejar la investigación a un lado, más adelante, el rey no la abandonará. Edipo no solo queda encerrado, como dice Vernant, en una brecha entre el saber y el no saber, sino también entre lo privado y lo público. Este es un condimento típico del género trágico, cosa que se observa particularmente bien si se nota que, en cuanto a la misma encerrona en el caso de Agamenón, coincide el Esquilo de La Orestía con el Eurípides de Ifigenia en Áulide.

Esa peste con la que se inicia Edipo Rey es, también, una peste moral, o una peste moralizada. El hombre antiguo no concebía con facilidad que los fenómenos externos no tuvieran un agente. Si hay una peste en Tebas, entonces debe estar detrás la mano de algún dios. Y si un dios envía una peste, no puede ser más que para castigar a los hombres: algo debe haberlo molestado. De hecho, al tiempo que el pueblo se enferma, se dice que las ofrendas no se queman en los altares, los partos de las mujeres fracasan. Los dioses están enojados. La enfermedad se curará encontrando al culpable de un asesinato. La curación de la comunidad implica que se retire de ella el elemento que la infecta, el miãsma, la mugre. Enfermedad y crimen, o los lógoi de la medicina y la justicia, se solapan y entrelazan. Si la medicina tiene que administrar la circulación de las enfermedades en la comunidad, la justicia viene a organizar cuidadosamente la de la violencia. Los griegos tenían clara conciencia de que ambas eran inevitables; lo que queda a los hombres, en todo caso, es gobernarse con el objetivo de mantenerse saludables y permitir la supervivencia del cuerpo social.

En cuanto a esa referencia en el inicio del Edipo Rey, se pensó muchas veces que Sófocles remite a un episodio histórico: en efecto, poco después de iniciada la Guerra del Peloponeso, hubo una peste en Atenas. Esa peste mató a Pericles, el gobernante que había construido o llevado a su máximo esplendor las condiciones políticas, militares y económicas sobre las que se erigió la preeminencia de Atenas sobre un vasto territorio geográfico. Su pérdida en el inicio de esa guerra constituyó un grave problema.

Más allá de esa referencia puntual y erudita, sin embargo, es posible que la peste tenga en la obra otros sentidos menos puntuales y más interesantes, más vinculados a las prácticas políticas y a las pugnas simbólicas atenienses. Frente al modo en que se nos suele presentar la democracia de Atenas -unos hombres serios y reflexivos vestidos con blancas túnicas tomando decisiones en una Asamblea a través de un amable diálogo-, lo cierto es que fue un sistema político que incluía prácticas fuertemente desleales, torsiones frecuentes de las instituciones, y amplia corrupción. Alcanza con leer un poco de comedia de Aristófanes para desmentir la presentación tradicional idealizada que se nos hace en ocasiones de ese sistema político, y para saber, también, que buena parte de las críticas se las llevaba el sistema jurídico. Esa presentación idealizada del sistema político y del modo de vida ateniense, por cierto, proviene del mismo Pericles en su Discurso fúnebre, al menos si le creemos a Tucídides, que nos lo transmite.

El sistema jurídico de Atenas había sido fundado por la generación anterior, que había batallado y ganado contra los persas, y Esquilo lo presenta, en La Orestía, como otorgado por Atenea, una divinidad. La justicia ateniense nace así como justicia divina. Pero en época de Sófocles se observa una crisis. Esa crisis atraviesa todos los órdenes del discurso y la experiencia vital y, sobre ella, se erige la época clásica, pero, además, impacta muy particularmente sobre lo jurídico, ya no en los aspectos prácticos, sino también simbólicamente, en tanto coexisten diversas maneras de pensar qué es la justicia, todas eventualmente posibles, pero también contradictorias entre sí. En esa crisis, naturalmente, tienen mucha influencia los llamados ‘sofistas’. La dificultad de la comunidad de sostener un discurso único y coherente para definir, por ejemplo, qué es un crimen y qué no, o bien y sobre todo, qué es la responsabilidad, implica probablemente un inmediato impedimento para administrar adecuadamente la violencia en la comunidad.

Por otra parte, nósos, el término común para “enfermedad” -aunque en este inicio de Edipo Rey se use loimós, que remite más a «peste» o «plaga»-, en la lengua griega se suele aplicar a todo aquello que se percibe como locura o irracionalidad, que tiende además a percibirse como proveniente de un agente externo divino. Muy particularmente los accesos de cólera y los ataques de ira se dicen habitualmente en los géneros épico y trágico con esa palabra: el Áyax de Sófocles es un claro ejemplo de ello en la tragedia. El único reducto de seguridad que tiene el hombre, en su fragilidad, es la racionalidad, entendida por el espíritu griego como sinónimo de moderación, cautela y mesura. Las ambiciones y las ensoñaciones de grandes empresas caen en el terreno de la hýbris, es decir el exceso entendido como la pretensión de estar por encima de la secundariedad humana.

Es difícil ver algo positivo en el Edipo Rey. Se olvida, sin embargo, frecuentemente, que al resolver su propio enigma Edipo salva a Tebas de la peste. Ya lo había hecho antes frente a la Esfinge: el episodio se repite, pero ahora Edipo, tras el parricidio y el incesto, es monstruo y quien resuelve el enigma, a la vez. Al retirarse, sobre el final, se extrae él mismo en tanto miãsma, mugre que enferma y daña a su comunidad. Irse de la pólis equivale, para Edipo, al suicidio de la Esfinge. Hasta ese final cumple con el compromiso público que asumió con su pueblo. Él se va, pero Tebas sobrevive, como si Edipo comprendiera, colocado ya en un lugar más allá de lo humano, que le corresponde asumirse como algo pequeño, diminuto, apenas un solo hombre, y retirarse humildemente para permitir la supervivencia de los otros, de la comunidad.

Si algo se puede decir de Edipo, es que es alguien responsable para con sus otros: cuando un oráculo le dijo que iba a matar a su padre y cometer incesto con su madre, se alejó de quienes creía sus familiares, para protegerlos. Cuando un oráculo le dice que para salvar al pueblo debe encontrar al asesino de Layo, lo hace, aunque el costo que debe pagar sea inconmensurable. Curiosamente, no puede decirse lo mismo de Layo, que manda a matar, aunque luego lo salve un pastor, a su hijo recién nacido porque recuerda que un oráculo le advirtió que ese hijo iba a asesinarlo. Layo decidió tener ese hijo, pero al poco tiempo decidió matarlo. No tiene una conducta coherente, no es alguien que actúe responsablemente.

Pensándolo así, no estoy totalmente seguro ya de que la presencia de lo trascendente en Edipo Rey se produzca solamente como presencia del destino. Tampoco de las lecturas francesas, que tienden a construir un Sófocles exageradamente conservador, en base a la idea de que Edipo representa una afirmación de lo humano por sobre lo divino, sobre todo al resolver solo con su racionalidad el enigma de la Esfinge. Sería necio, por supuesto, afirmar que el destino no está allí, pero lo que trasciende a Edipo no es solamente el destino, sino también su pueblo, la comunidad a la que pertenece y a la cual quiere salvar y, de hecho, salva, incluso cuando se entera de que, sin intención, la había puesto en peligro él mismo.

Leído desde la peste hasta el exilio, y no tanto desde el oráculo hasta que se arranca los ojos -como si hubiera una obra sobre el destino dentro de una obra sobre la comunidad, lo que me recuerda una expresión de Kierkegaard sobre Antígona: «una manzana de oro en una bandeja de plata» -, y pensando que la peste representa la violencia, Edipo Rey pone en escena cómo la conciencia de la pequeñez y de que la comunidad nos trasciende pueden salvar la comunidad. Aún más: quizá Edipo se arranque los ojos no solamente porque se ve a sí mismo, sino porque ve también el daño que ocasionó a otros. Edipo es más una afirmación del compromiso inquebrantable para hacer justicia de una autoridad con su pueblo que una mera afirmación de lo humano. Frente a la circulación imparable del nósos, la enfermedad, la violencia, la irracionalidad, en el pueblo, sostiene el compromiso con la justicia, y administra responsablemente la violencia, en tanto el destino de la comunidad está por encima de su fortuna individual.

Leído así, Edipo Rey es una tragedia sobre el compromiso a ultranza para salvar al pueblo, sobre la entrega a esa responsabilidad con la comunidad entendida como algo que tiene, también, la fuerza del destino. Edipo elige siempre su deber hacia los otros. Sófocles piensa que la responsabilidad y la acción comprometida con la comunidad aún es posible, incluso cuando el sistema jurídico de Atenas esté, a nivel práctico y simbólico, destrozado.

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